Este texto de Claudio Guerrero Urquiza fue publicado en el libro-juego La gran ruma de la artista Claudia Lee publicado por Naranja Publicaciones en 2026.
Vaya palabra intrigante y hermosa: ruma. No existe acuerdo sobre su etimología. Hay quien la asocia a alguna lengua indígena, mientras otros afirman que sería una expresión marinera con origen en el portugués, emparentada con el verbo arrumar, que tanto en esa lengua como en español significa repartir la carga de un buque.
Ruma es una palabra que usamos en algunos territorios de Chile, Perú, Ecuador y Venezuela, entre otros, para referirnos a un montón, a un conjunto de cosas sin orden. En algún momento se usó en casi toda la América conquistada por España y también en Canarias, pero existen indicios de que va camino al olvido.
Parece un gesto anacrónico y a contracorriente bautizar a un juego nuevo con una palabra en desuso. Sin embargo, La Gran Ruma es realmente una nueva versión de un juego antiguo. Uno tan antiguo y fundamental que nadie sabe realmente su edad, el Juego de la Oca, que está en el origen de una enorme y diversa familia de juegos de tablero, que incluye al Monopoly y La Gran Capital.
Del Juego de la Oca se han realizado literalmente miles de versiones con otros nombres e ilustraciones, pero con el mismo funcionamiento y reglas. La Gran Ruma es uno más de esta larguísima lista.
Si vemos un tablero de juego con 63 casilleros dispuestos en espiral, que no nos quepa duda: es una versión del Juego de la Oca. Lo sepamos o no, estamos ante un antiguo símbolo del itinerario entre la vida a la muerte, el sentido y el azar.
Estas miles de ocas temáticas tienen motivos y fines diversos. Las hay educativas, turísticas, políticas, publicitarias, culinarias y religiosas. Cambian los temas, figuras y símbolos, pero el funcionamiento del juego es el mismo. Cada jugador debe llevar su ficha hasta el último casillero con ayuda de dos dados y caer exactamente en él.
Es un juego de azar en estricto sentido. En su versión habitual, no existe ninguna estrategia que aplicar más que esperar el dictado de la fortuna. La mayoría de los casilleros son neutros, pero otros casilleros implican ventajas u obstáculos en la medida que te acercan o alejan de la casilla final, ubicados según una aritmética compleja pero de gran sentido práctico, que al mismo tiempo remite a una numerología de antiguas resonancias simbólicas y místicas, cuyo origen se pierde junto con la historia de este juego.
Existen algunas claves importantes, partiendo por el número 63. En tanto cardinal, constituye el total de casilleros. En tanto ordinal, marca el lugar del casillero final, conocido a veces como “el jardín de la oca”. Se forma con dos divisores con múltiples referencias simbólicas, bíblicas y zodiacales: el 7 y el 9. El paralelo entre el itinerario de este juego y el de la vida humana podría estar cifrado como nueve ciclos de siete años o septenios que culminan en el 63, el “gran climaterio” según Hipócrates.
La oca o ganso es el símbolo que más se repite en el tablero y si caes en una de ellas debes avanzar a la siguiente y volver a tirar los dados. Su ubicación sigue principalmente al número 9, considerado sagrado en la Edad Media en tanto síntesis de una triple trinidad (3×3). Las ocas aparecen en los casilleros según dos series de 9 (una va hacia adelante desde el 1 y otra va hacia atrás desde el 63), espaciadas por 5 o 4 casilleros entre ellas (5+4=9), mientras la casilla final forma un 9 con la suma de sus cifras (6+3=9).
La numerología de los casilleros-obstáculos (la cárcel, la posada, etc.) es más opaca, pero no del todo. La muerte, por ejemplo, ocupa el casillero 58. La suma de las cifras da 13, el arcano de la muerte en el tarot y un número asociado a la mala fortuna en diversas tradiciones.
Podríamos seguir un largo rato repasando los símbolos y secretos numerológicos de la oca, pero basta saber que se traduce en un juego bastante dinámico a pesar de que sigue el dictado estricto de la fortuna. De hecho, todo indica que en sus orígenes y por varios años fue un juego asociado a las apuestas y a la bebida. Los primeros documentos que lo mencionan son condenas y prohibiciones en la Italia del siglo XV.

La iconografía, la numerología y las reglas del Juego de la Oca, que apenas han cambiado en 400 años, aparecen documentadas por primera vez en tableros ricamente ilustrados que circularon en diversas cortes europeas a fines del siglo XVI. Varias pistas indican que esos tableros se derivaban de algún modelo italiano, probablemente relacionado con la sofisticada y hermética corte florentina de Francesco I de Medici, Gran Duque de Toscana, por la que circulaban importantes artistas, filósofos, científicos, alquimistas y humanistas, cuyos intereses incluían la alquimia, la traducción de matemáticos griegos y árabes, el naturalismo, la cábala y la astrología.
No sabemos mucho más sobre el origen del Juego de la Oca, cuya pista se pierde en la baja Edad Media italiana. Hasta ahora no se han encontrado tableros intermedios que muestren una evolución desde otros más antiguos con que se lo ha relacionado, como el Senet del antiguo Egipto (que se jugaba hace más de 4 mil años) o el disco de Festos (datado cerca del 1500 a.C.).
Tampoco sabemos cómo y por qué llegó la oca a integrarse al tablero. Sí sabemos que desde hace milenios la oca o ganso era un animal rodeado de importante carga sacra y mitológica en lugares como la India, Grecia y Egipto. También que se la consideraba símbolo de buena fortuna y abundancia, a ella y a sus huevos.
Una de las múltiples teorías acerca del origen del Juego de la Oca nos dice que podría venir de un oráculo. Las letras del alfabeto griego se dibujaban en el suelo como nuestros casilleros y se esparcían sobre ellas granos de trigo o cebada para luego soltar una oca y que ella señalara ciertos casilleros mientras avanzaba y retrocedía comiendo.
La historia del Juego de la Oca en América ha sido menos estudiada. Poco se sabe de las versiones y articulaciones locales, que probablemente son significativas. No debemos olvidar que la historia de los juegos de dado y tablero en América se remonta a tiempos muy anteriores a la conquista.

Varios antecedentes nos indican que El Juego de la Oca fue ampliamente difundido en la América del siglo XIX. Un ejemplo es el tablero que está incorporado en el pavimento del patio interior de una casa ubicada en Lampa (Perú), al parecer elaborado con piedras negras y blancas del cercano lago Titicaca. Al centro aparece una taruca o venado andino y la fecha de ejecución: 1850. Otro ejemplo es el Juego de la Oca en xilografía que realizó José Guadalupe Posada en México. Esta versión llegó a ser tan popular que se imprimieron al menos unas 20 mil copias desde 1888 hasta 1913, cuando la matriz de madera no aguantó y se quebró.

En estricto rigor, La Gran Ruma es una nueva versión del Juego de la Oca en América. Incorpora este libro como extensión del tablero, un libro-tablero que viene a culminar un trabajo que comenzó con dos exhibiciones-tablero que antes realizamos junto a Claudia Lee.
Hay algún grado de ironía en marcar este tablero —que tantas veces ha sido utilizado como metáfora de la vida— con una sucesión de rumas, montones de cosas que parecen haber sido apiladas sin orden ni concierto. Según el texto de Marcela Rivera, que se encuentra en el casillero 63: “la ruma pone en juego un ejercicio de desjerarquización, un elogio del resto y del inacabamiento perpetuo con el que se compone la condición abigarrada del mundo”.
Recomiendo que La Gran Ruma se juegue, se mire y se lea, no necesariamente en ese orden. Que se observe con atención la traducción de los antiguos símbolos del juego. Las ocas en rumas, por cierto. Pero también los casilleros-obstáculos: el puente (casillero 6) se ha transformado en la boca, la posada (19) en el huevo, los dados (26 y 53) en el golpe, el pozo (31) en la resta, el laberinto (42) en las palabras cambiadas, la cárcel (52) en el exilio.
El último casillero-obstáculo (58) ya no muestra una calavera en tanto símbolo de la muerte. Ahora ostenta una cornucopia, un cuerno repleto de objetos (flores, frutas, monedas) que constituye un antiguo símbolo de abundancia. Es el último obstáculo antes de llegar al final, pero quien caiga en él ha de volver al de salida o casillero 1. De ningún modo la abundancia es lo contrario de la muerte, pero en una sociedad obsesionada con evitar la muerte puede llegar a ser una relación desconcertante.
Según la clasificación de Roger Callois, La Gran Ruma correspondería a un juego de alea, en tanto “el destino es el único artífice de la victoria”. Hemos querido ofrecer al jugador o jugadora un repertorio casi infinito de destinos sugeridos por el trabajo y el imaginario de Claudia Lee. Con él hemos elaborado un itinerario sembrado de imágenes y referencias cuyo orden de aparición será determinado por los dados.
Sobre el autor
Claudio Guerrero es investigador, curador y docente. Estudió historia del arte en la Universidad de Chile y edición de libros en la Universidad Diego Portales. Ha desarrollado proyectos de investigación en historia de las artes visuales, del audiovisual y de la música, ámbitos en los que ha publicado diversos artículos y ensayos. Es coautor de los libros «Del taller a las aulas. La institución moderna del arte en Chile” (1797-1910) y “La música del Nuevo Cine Chileno”. Se ha desempeñado como docente en las universidades Arcis, De Chile, Diego Portales y Andrés Bello. Ha curado muestras de arte contemporáneo en
instituciones y espacios autónomos de Chile, Argentina y Bolivia, entre las que se cuentan “El juego de la boca” (Claudia Lee, MAM Chiloé, 2021), “Nosotros ya pagamos la tierra” (Claudia Lee, Marisol, Santiago, 2019), “Cómplices y representantes” (Colectivo Piñen, Galería Gabriela Mistral, Santiago, 2017) y “Diario nómade” (colectiva, Museo Tambo Quirquincho, VIII Bienal Siart, La Paz, 2013).
